La caída de Adán y la pérdida del conocimiento espiritual

“El alma humana «ha sido hecha para ver a Dios y para ser iluminada por Él»[1], pero el pecado la pervierte; se aparta de Dios y de las realidades espirituales para volverse hacia las realidades sensibles y no tiene en cuenta más que a estas[2].

Sin embargo, el pecado no consiste en que el hombre considere las realidades sensibles. De hecho, Dios le ha dado la inteligencia no para que tienda a conocerlo a Él exclusivamente, sino también para que conozca las criaturas sensibles e inteligibles[3]. Adán, por tanto, las conocía antes de su caída, solo que desde el punto de vista espiritual. Contemplaba por naturaleza lo que los Padres llaman sus «razones espirituales» (lógoi), es decir, que las captaba en relación con su Creador; las conocía como teniendo en Él su principio y su fin; las veía por completo en Dios, recibiendo de Él su ser y sus cualidades, y veía a Dios presente en ellas por Sus energías. Pues, como subraya san Máximo, «para quien sabe ver, el mundo sensible entero aparece como impreso misteriosamente de formas simbólicas; y todo el mundo sensible está contenido de manera cognoscible en lo inteligible y simplificado por la inteligencia en los lógoi. El mundo sensible está en el mundo inteligible por sus lógoi, y el mundo inteligible está en el mundo sensible por sus improntas. Su realidad se parece a la de una rueda dentro de otra rueda, según la expresión empleada por el admirable y gran vidente Ezequiel (1, 16) cuando habla, me parece a mí, de los dos mundos. Sus perfecciones visibles se ven a partir de la creación, gracias a las obras que las muestran a la inteligencia. Así habla el divino apóstol (Rom 1, 20). Y si las cosas no aparentes se contemplan por medio de las aparentes, como está escrito, con mucha más razón aquellos que se esfuerzan en la contemplación espiritual poseerán la inteligencia de lo que aparece. Pues la visión simbólica de las cosas inteligibles por medio de las visibles es ciencia espiritual e intelección de las cosas visibles por medio de las invisibles»[4].

San Máximo explica que Adán estaba destinado, al término de su crecimiento espiritual, incluso a considerar las criaturas desde el punto de vista de Dios mismo, a adquirir de ellas «un conocimiento y una información semejantes a las de Dios, pues gracias a la deificación de su inteligencia y a la mutación de sus sentidos, el hombre ya no habría sido un mero hombre, sino un dios»[5] . El hombre habría podido entonces decir con el sabio Salomón: «Él me ha dado la ciencia verdadera de lo que es, me ha hecho conocer la estructura del mundo y las propiedades de los elementos, el comienzo, el fin y el medio de los tiempos… la naturaleza de los animales… el poder de los espíritus y los pensamientos de los hombres, las variedades de las plantas y las virtudes de sus raíces. Todo lo que está oculto, todo lo que se ve lo he conocido yo; pues quien me ha instruido es la Sabiduría, artífice de todo» (Sab 7, 17-21).

Para Adán y para cuantos se han hecho imitadores suyos, el pecado y el mal, en este nivel, consistieron en ignorar a Dios y considerar a los seres con independencia de Él; en captarlos ya no espiritualmente en la realidad inteligible que se expresa en ellos según las energías divinas que allí se revelan, sino de modo carnal, solo en su apariencia sensible[6]. El árbol del conocimiento del bien y el mal, del que habla el libro del Génesis (2, 9), que Dios prohíbe tocar a Adán bajo pena de muerte (3, 3), representa –según san Máximo- la creación visible: «Contemplada espiritualmente, es el árbol del conocimiento del bien; considerada bajo su aspecto material, el del conocimiento del mal. En efecto, se vuelve un maestro que enseña las pasiones y conduce al olvido de Dios a quienes no mantienen con ella más que relaciones corporales». Dios, al prohibir al hombre comer del fruto del árbol, le había señalado el peligro que tenía de entrar en esta segunda forma de conocimiento que hasta entonces ignoraba: debía primero crecer en el conocimiento de su Creador, y solo después podría gozar sin menoscabo de la creación visible[7]. Pero Adán anticipó el proceso y, a causa de su estado infantil, se mostró incapaz de asumirla espiritualmente y cayó en el pecado.

Por el pecado los ojos espirituales de Adán se cerraron y, en su lugar, se abrieron los ojos de la carne. En efecto –señala Orígenes-, «hay dos clases de ojos: unos se abrieron por el pecado, los otros les servían a Adán y a Eva para ver antes de que aquellos se abrieran»[8] . La Escritura, evocando precisamente estos ojos carnales, o sea, esta forma carnal de ver la realidad, dice: «Se les abrieron los ojos» (Gn 3, 7). Entonces Adán y Eva vieron que «estaban desnudos», precisa la Escritura, y comenta san Atanasio: «Se dieron cuenta de que estaban desnudos porque habían sido despojados de la contemplación de Dios y habían vuelto su pensamiento en dirección opuesta»[9]. San Simeón señala igualmente esta desviación del conocimiento primordial del hombre y su decadencia: «En lugar del conocimiento divino y espiritual, (el hombre) recibió el conocimiento carnal. En efecto, cegados los ojos de su alma, caído de la vida imperecedera, se puso a mirar con los ojos del cuerpo»[10].”

 

Jean Claude Larchet, Terapéutica de las enfermedades espirituales, ed. Sígueme.

 


[1] Atanasio de Alejandría, Contra los paganos, 7.

[2] Cf. Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, 59.

[3] Cf. Isaac de Nínive, Discursos ascéticos, 83.

[4] Máximo el Confesor, Mistagogia, II.

[5] Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, prólogo, en PG 90, 257D-260A.

[6] Cf. Atanasio de Alejandría, Contra los paganos, 8.

[7] Máximo el Confesor, Cuestiones a Talasio, prólogo, en PG 90, 257D-260A.

[8] Orígenes, Homilías sobre los Números, XVII.

[9] Atanasio, Contra los paganos, 3.

[10] Simeón el Nuevo Teólogo, Catequesis, XV, 14-15; Tratados éticos, XIII, 54-56.

 

https://i1.wp.com/www.wga.hu/art/zgothic/mosaics/4palatin/32nave_n.jpg