San Gregorio Palamas: Homilía XXXIV

Sobre la Transfiguración de nuestro Señor, Dios y Salvador Jesucristo

-En la que se demuestra que la luz de la Transfiguración es increada-

1 Nos llenamos de alabanza y asombro cuando vemos esta magnífica obra de Dios que es toda la creación visible. Los sabios griegos paganos también la exaltaron y admiraron a medida que la escudriñaban. Pero mientras nosotros nos maravillamos en ella por la gloria del Creador, ellos lo hicieron en contra de Su gloria, porque en su miseria adoraron a la criatura en lugar del Creador (cf. Rom. 1:25). Del mismo modo, nosotros elucidamos las palabras de los Profetas, Apóstoles y Padres para beneficio de aquellos que los leen y en honor del Espíritu que habló a través de ellos. Los líderes de cualquier herejía malvada también intentan interpretar sus escritos, pero con el propósito de dañar a sus seguidores y negar esa verdad que es conforme a la piedad, usando las palabras del Espíritu en contra del Espíritu. Las palabras del Evangelio de la gracia son elevadas y apropiadas para los oídos y mentes maduros, pero a estas palabras también nuestros Padres teóforos las suavizaron en sus bocas, haciéndolas apropiadas para aquellos que están por debajo de la perfección, así como las madres dedicadas a sus hijos mastican el alimento sólido y lo hacen aprovechable y fácil de tomar para los bebés que se siguen alimentando del pecho. La humedad en la boca de las madres es un nutriente para los niños, y los pensamientos en los corazones de nuestros Padres teóforos son el alimento adecuado para las almas que escuchan y obedecen. Las bocas del mal, que son hombres de mala reputación, sin embargo, están llenas de veneno mortal, el cual, cuando es mezclado con las palabras de vida, hace que éstas sean letales para los oyentes desprevenidos.

2 Huyamos de aquellos que rechazan las interpretaciones patrísticas e intentan deducir por sí mismos lo que es completamente opuesto. Mientras pretenden interesarse por el sentido literal del pasaje, rechazan su significado divino. Debemos apartarnos de ellos más de lo que lo haríamos con una serpiente, porque cuando una serpiente muerde mata al cuerpo temporalmente, separándolo de su alma inmortal, pero cuando esos hombres malvados clavan su diente en un alma, la separan de Dios, y esto es la muerte eterna para el alma. Escapemos tan lejos como podamos de esta gente, y refugiémonos con aquellos que enseñan la piedad y la salvación de acuerdo con las tradiciones de los Padres.

3 Les he dicho estas cosas por caridad, a modo de introducción, porque hoy celebramos la noble fiesta la transfiguración de Cristo, y debemos abordar el tema de la luz que brillaba en aquella ocasión, y que tanta oposición encuentra, incluso en nuestros días, de parte de los enemigos de la luz. Dejemos ahora brevemente expuestas las palabras del Evangelio de hoy leyéndolo desde el principio para desplegar el misterio y demostrar la verdad. “Seis días después, toma Jesús consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos: su rostro se puso brillante como el sol” (cf Mt. 17:1-2). La primera cosa que debemos considerar en este pasaje del Evangelio es desde qué punto en el tiempo Mateo, apóstol de Cristo y evangelista, cuenta los seis días que preceden al día en el que el Señor se transfiguró. ¿Seis días después de cuál? Seis días después del día en el que el Señor le enseñó a Sus discípulos, diciendo: “Porque el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de Su Padre” (Mt. 16:27), y añadió: “Yo os aseguro: entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean al Hijo del hombre venir en Su Reino” (Mt. 16:28). Él se refería a la luz de Su transfiguración cuando hablaba de la gloria de Su Padre y de Su propio reino. El evangelista Lucas indica la misma secuencia de eventos y la expresa más claramente diciendo: “Sucedió que alrededor de ocho días después de estas palabras, tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar. Y sucedió que, mientras oraba, el aspecto de su rostro se mudó, y sus vestidos eran de una blancura fulgurante” (Lc. 9:28-29).

4 Pero, ¿cómo podrían concordar estos dos conteos, cuando uno claramente afirma que transcurrieron ocho días entre la promesa y la manifestación, y el otro dice que esto ocurrió después de seis días? Escuchen y entenderán. Había ocho en la montaña, pero parecían ser seis. Tres, Pedro, Santiago y Juan, subieron con Jesús. Allí, ellos vieron a Moisés y Elías con Él, hablándole, haciendo un total de seis. Pero el Padre y el Espíritu Santo estaban acompañando invisiblemente al Señor. El Padre dio testimonio con Su voz de que Cristo era Su Hijo amado, y el Espíritu Santo unió su esplendor al de Cristo en la nube radiante, y mostró que el Hijo era de la misma naturaleza que el Padre y que Él mismo, y que estaba unido a la luz de Ambos. Porque la riqueza de los Tres consiste en la unidad de la naturaleza y en el estallido unificado de Su esplendor. De modo que las seis personas eran ocho. Así como no hay contradicción entre el seis y el ocho en este aspecto, no hay discrepancia entre los evangelistas cuando Mateo dice que esto fue después de seis días, y Lucas que esto ocurrió ocho días después de aquellas palabras. Es como si a través de estas dos frases ellos nos presentaran con una alusión figurativa a los que estaban visiblemente reunidos en la montaña y aquellos que estaban presentes místicamente.

5 Cualquiera que examine sus palabras detenidamente verá que ambos evangelistas dicen lo mismo. Cuando Lucas menciona ocho días, él no contradice la afirmación de Mateo, es decir, que esto fue después de seis días, porque está incluyendo el día en el que las palabras fueron pronunciadas y el día en el que el Señor se transfiguró. Mateo les permite entender esto a aquellos que leen con inteligencia, porque él dice “después” para dejar claro que se está refiriendo al día siguiente, mientras que Lucas deja esta palabra afuera. Él no dice “después de ocho días”, como Mateo dice “después de seis días”, sino que pasaron “alrededor de ocho días”. Por lo tanto, no hay diferencia de significado entre las cuentas de los evangelistas.

6 Ellos, sin embargo, indican otro gran misterio a través de esta aparente contradicción mutua. Que aquellos de ustedes que son perspicaces presten cuidadosa atención a lo que estoy diciendo. ¿Por qué uno de los evangelistas dice “después de seis días”, mientras el otro va más allá de una semana y menciona el octavo día? Porque la gran visión de la luz de la transfiguración del Señor es el misterio del octavo día, esto es, del siglo venidero, que se manifiesta después de que este mundo, que fue hecho en seis días, ha terminado, y la séxtuple acción de nuestros sentidos ha sido trascendida. Nosotros tenemos cinco sentidos, pero si añadimos el habla, el número de modos en los que nuestros sentidos operan, se eleva a seis. El reino de Dios prometido a aquellos que son dignos sobrepasa no solamente nuestros sentidos, sino también nuestras palabras. El séptimo día es honrado con el bendito descanso de las actividades de nuestros seis sentidos, y después de esta pausa, el reino de Dios resplandece en el octavo día, en virtud de una energía más alta. Éste es el poder del Espíritu divino, a través del cual aquellos que son dignos verán el reino de Dios, que fue preanunciado por el Señor, de acuerdo con el divino Lucas, cuando le declaró a Sus discípulos: “Entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios” (Mc. 9:1, cf. Lc 9:27), otorgándoles a los que lo ven el poder de contemplar lo que es invisible, y purificándolos por adelantado de la corrupción mortal y destructora del alma que es el pecado. La degustación del pecado es el punto de partida de los pensamientos malvados, y aquellos que son purificados de antemano no experimentarán la muerte del alma, porque también han sido preservados incorruptos en sus mentes, tal como yo lo entiendo, por el poder de la manifestación venidera.

7 “Entre los aquí presentes hay algunos que no gustarán la muerte hasta que vean venir con poder el Reino de Dios” (Mc. 9:1). El Rey de todo está en todas partes, al igual que Su reino, de modo que la venida de Su reino no significa que éste llegue aquí desde algún otro lugar, sino que es revelado a través del poder del Espíritu divino. Éste es el motivo por el que dijo que vendría con poder. Pero este poder no es para cualquiera, sino para los que han permanecido con el Señor, aquellos que han sido establecidos en Su fe, hombres como Pedro, Santiago y Juan, quienes, tal como las Escrituras nos dicen, fueron primero llevados hasta una montaña elevada, es decir, por encima de la baja condición de nuestra naturaleza. Es por eso que Dios es imaginado en una montaña, descendiendo desde Sus alturas y conduciéndonos desde las profundidades de nuestro rebajamiento, para que Aquel que es incontenible pueda, en un grado compatible con nuestra naturaleza humana y nuestra seguridad, ser contenido. Esta idea no es algo inferior a la mente humana, sino muy superior y más exaltado, al ser infundido en ella por el poder del Espíritu Santo.

8 La luz de la transfiguración del Señor no comienza a existir ni deja de ser, ni es circunscripta o perceptible por los sentidos, incluso si por un corto período de tiempo, en la estrecha cima de la montaña, fue vista por ojos humanos. Además, en ese momento, los discípulos iniciados del Señor “pasaron”, como se nos ha enseñado, “de la carne al espíritu” por la transformación de los sentidos que el Espíritu produjo en ellos, y así vieron la luz inefable, en el momento y en el grado en el que el poder del Espíritu Santo les permitió hacerlo. Los que no son conscientes de esta luz y ahora blasfeman contra ella piensan que los apóstoles elegidos vieron la luz de la transfiguración del Señor con su facultad de visión creada, y de esta forma ellos intentan hacer descender al nivel de un objeto creado no sólo a la luz -el poder y el reino de Dios- sino incluso al poder del Espíritu Santo, por el cual las cosas divinas son reveladas a los que son dignos. Ellos no oyeron, ni creyeron, las palabras de Pablo: “lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que le aman. Porque a nosotros nos lo reveló Dios por medio del Espíritu; y el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios” (I Cor. 2:9-10).

9 Cuando el octavo día llegó, como hemos dicho, el Señor “tomó consigo a Pedro, Juan y Santiago, y subió al monte a orar” (cf. Lc. 9:28). Él siempre se retiraba de todos, incluso de los apóstoles, para orar solo, como cuando, después de haber alimentado a cinco mil hombres junto con las mujeres y los niños con cinco panes y dos peces, inmediatamente se despidió de ellos, obligó a todos los discípulos a meterse en una barca, y subió al monte a orar (Mt. 14:16-23) – O bien solía llevarse a unos pocos discípulos con Él, aquellos que sobrepasaron a los otros. Cuando se aproximaba su pasión salvadora, le dijo a los otros discípulos: “Sentaos aquí, mientras voy allá a orar”, pero se llevó a Pedro, Santiago y Juan con Él (Mt. 26:36-37). Aquí también toma solamente a estos tres, “y los lleva aparte, a un monte alto. Y se transfiguró delante de ellos” (Mt. 17:1-2), es decir, mientras lo estaban viendo.

10 ¿Qué es lo que significan las palabras “y se transfiguró”? Cristóstomo el teólogo dijo que el Señor graciosamente quiso abrir un poco Su divinidad, y reveló a Dios dentro de Él a los discípulos iniciados. “Mientras oraba”, dice Lucas, “el aspecto de su rostro se mudó” (Lc. 9:29), y, como Mateo escribe, “su rostro se puso brillante como el sol”. Él compara la luz al sol, no dice que cualquiera podría imaginar que esa luz era visible a los ojos corpóreos -¡aléjense aquellos cuyas mentes están ciegas y no son capaces de entender nada más exaltado que los fenómenos visibles!- sino que lo que podemos saber es que Cristo, en cuanto Dios, es para los que viven por el Espíritu y lo ven con ojos espirituales, lo que el sol es para los que viven por sus sentidos y ven con la visión natural. Los que ven a Dios en la contemplación divina no necesitan otra luz, porque sólo Él es la luz de aquellos que viven para siempre. ¿Qué necesidad hay aquí de una segunda luz cuando ellos tienen la luz más grande de todas? Así, mientras Él estaba orando, se volvió radiante y reveló su luz inefable en una manera indescriptible a los discípulos iniciados, en la presencia del más excelente de los profetas, para poder mostrarnos que es la oración lo que nos procura esta visión bendita, y para que nosotros pudiéramos aprender que este brillo se produce y resplandece cuando nos acercamos a Dios a través de las virtudes y nuestras mentes están unidas a Él. Esto es otorgado a todos los que incesantemente se elevan hacia Dios por medio de sus perfectas buenas obras y de la oración ferviente, y es visible para ellos. Todo lo que rodea a la bendita naturaleza divina es verdaderamente bello y deseable, y es visible sólo para aquellos cuyas mentes han sido purificadas. Cualquiera que mire fijamente sus rayos brillantes y sus gracias, participa de ellos a una cierta medida, como si su propio rostro fuera tocado por esa luz deslumbrante. Es por eso que el rostro de Moisés fue glorificado cuando habló con Dios (Ex. 34:29).

11 ¿No ves que Moisés también se transfiguró cuando subió a la montaña y contempló la gloria del Señor? Pero aunque experimentó la transfiguración, no fue él quien la provocó, de acuerdo con sus palabras cuando dijo: “la humilde luz de la verdad me lleva hasta el punto en el que veo y experimento el resplandor de Dios”. Nuestro Señor Jesucristo, sin embargo, poseía ese resplandor por derecho propio. Él no necesitaba de la oración para iluminar Su cuerpo con la luz divina, sino que mostró cómo el esplendor de Dios llegaría a los santos y cómo ellos aparecerían. Porque los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre (Mt. 13:43), y cuando ellos se conviertan en luz divina, contemplarán, como hijos de esa luz, el indescriptible resplandor divino de Cristo. La gloria que procede naturalmente de Su divinidad se mostró en el Tabor para que fuera compartida también por Su cuerpo, debido a la unidad de Su persona. Por lo tanto, Su rostro brilló como el sol a causa de esta luz.

12 Hay gente en nuestros días que se vanagloria por el saber pagano de los griegos y por la sabiduría de este mundo, desobedecen completamente a los hombres espirituales en los asuntos del Espíritu, y eligen ponerse en su contra. Cuando ellos escuchan que la luz de la transfiguración del Señor en la montaña fue vista por los ojos de los apóstoles, inmediatamente la reducen a la luz creada y visible. Ellos arrastran hacia abajo esa luz inmaterial, sin ocaso y pre-eterna, que sobrepasa no sólo nuestros sentidos, sino también nuestras mentes, porque ellos mismos están en un nivel bajo y son incapaces de concebir nada más elevado que las cosas terrestres. Sin embargo, el que brillaba con esta luz probó por adelantado que era increada, al identificarla con el reino de Dios. El reino de Dios no está subordinado ni es creado, sino que es extraordinariamente indominable e invencible. Está más allá de los límites del tiempo y del eón, y no se puede decir que haya tenido un principio ni que ha sido superado por el tiempo o por el siglo. Creemos que este reino es la herencia de los que son salvados.

13 Dado que cuando se transfiguró, el Señor brilló y desplegó Su gloria, esplendor y luz, y sabemos que vendrá de nuevo, tal como fue visto por Sus discípulos en la montaña, ¿esto significa que tomó de algún modo esta luz para Sí mismo y que tendrá para siempre algo que no tenía antes? ¡Dios nos libre de este pensamiento blasfemo! Porque quienquiera que diga esto, imagina que Cristo tiene tres naturalezas: la divina, la humana, y la que pertenece a esta luz. De esto se sigue que Él no manifestó un fulgor diferente del que ya tenía invisiblemente. Él poseía el esplendor de la naturaleza divina oculto bajo Su carne. Esta luz, entonces, es la luz de la Deidad, y es increada. De acuerdo con los teólogos, cuando Cristo se transfiguró, no recibió nada diferente, ni se mudó en algo distinto, sino que se reveló a Sus discípulos tal como era, abriendo sus ojos y dándoles la visión a los ciegos. Noten que los ojos con visión natural son ciegos para esta luz. Es invisible, y aquellos que la contemplan no lo hacen simplemente con sus ojos corporales, sino con los ojos transformados por el poder del Espíritu Santo.

14 Por lo tanto, los apóstoles fueron transformados, y vieron esa transformación a la que se había sometido nuestra arcilla humana, no en esa ocasión, sino desde el momento en el que fue asumida, esto es, cuando fue deificada a través de la unión con el Verbo de Dios. Ésta es la razón por la que la Virgen, que misteriosamente lo concibió y lo dio a luz, reconoció a su hijo como Dios encarnado, como hizo Simeón, cuando lo sostuvo en sus brazos como un infante, y Ana, la mujer de edad avanzada que se acercó para encontrarse con Él (Lc. 2:25 y ss). El poder de Dios brilló visiblemente, como si lo hiciera a través de un cristal delgado, para la gente que tenía los ojos de sus corazones purificados.

15 ¿Por qué, entonces, tomó a los líderes, solamente a ellos, y se los llevó? Obviamente, para mostrarles algo grande y misterioso. Pero, ¿cómo podría la visión de la luz ordinaria, visible a los elegidos antes de que ascendieran, al igual que para los que se quedaron abajo, ser un gran misterio? ¿Por qué necesitarían ser fortalecidos por el Espíritu, y por qué sus ojos habrían sido asistidos y transformados por el Espíritu para ver tal luz, si hubiera sido visible o creada? ¿Cómo podría la luz ordinaria ser la gloria y el reino del Padre y del Espíritu? ¿Cómo podría Cristo venir en esa suerte de gloria y reino en el siglo venidero, cuando no habrá necesidad de aire, luz, lugar ni nada por el estilo, sino que Dios, de acuerdo con el apóstol, será todo para nosotros? (cf. 1 Cor. 15:28). Claramente, si Él será todo para nosotros, también será nuestra luz. Una vez más, esto demuestra que esta luz es la luz de la Deidad, porque Juan, el más grande de los teólogos entre los evangelistas, mostró en el Apocalipsis que la futura ciudad eterna “no necesita ni de sol ni de luna que la alumbren, porque la ilumina la gloria de Dios, y su lámpara es el Cordero” (Ap. 21:23). Seguramente aquí también nos está señalando a Jesús divinamente transfigurado en el Tabor, cuya luz es Su cuerpo, y que, en lugar de la luz del día, tiene la gloria de la divinidad, tal como la reveló en la montaña a los que subieron con Él. Sobre los habitantes de esa ciudad Juan dice que “no tienen necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol”, y que no habrá noche allí (cf. Ap. 22:5). ¿Qué luz es ésta, en la que no hay cambio ni sombra de rotación? (St. 1:17). ¿Qué es esta luz inmutable y sin ocaso? ¿No es acaso la luz divina?

16 ¿Cómo podrían Moisés y Elías, y particularmente Moisés, que era un espíritu sin cuerpo, haber sido vistos y glorificados por medio de la luz ordinaria? Porque ellos aparecieron en gloria, y hablaron de Su partida, la que Él cumpliría en Jerusalén (Lc. 9:31). ¿Y cómo reconocieron los apóstoles a hombres que nunca habían visto antes, si no es por el poder revelador de esa luz?

17 Con el objeto de no forzar demasiado su entendimiento, vamos a dejar los versos restantes del Evangelio para el momento de la santa y divina Liturgia. Consideramos que los que han sido iluminados por Cristo nos han enseñado lo que sólo ellos conocían con certeza -“Mis secretos son para mí y para aquellos que me pertenecen”, como dijo Dios a través del profeta (cf. Is. 24:16 LXX, cf. Dan. 2:27 y ss). Por lo tanto, creyendo justamente en lo que se nos ha enseñado, y comprendiendo el misterio de la transfiguración del Señor, recorramos nuestro camino hacia el resplandor de esa luz. A medida que anhelamos la belleza de la gloria inmutable, purifiquemos los ojos de nuestro entendimiento de todas las impurezas terrenales, despreciando todo deleite y belleza que no sean duraderos, por más dulces que puedan ser, pues producen sufrimiento eterno, y aunque puedan mejorar el cuerpo, revisten al alma con ese feo manto de pecado, a causa del cual el hombre sin la vestimenta de la unión incorruptible fue atado y expulsado a las tinieblas exteriores (cf. Mt. 22:11-13).

18 Todos podemos liberarnos de ese destino por la iluminación y el conocimiento de la luz pre-eterna e inmaterial de la transfiguración del Señor, por Su gloria y la gloria de Su Padre sin comienzo y del Espíritu dador de vida, cuyo resplandor, divinidad, gloria, reino y poder son uno y el mismo, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.

 

Traducción: Víctor J. Herrera

Fuente: Saint Gregory Palamas, The Homilies, pp 266-273, ed & trans. Christopher Veniamin, Mount Tabor Publishing

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